China atraviesa una paradoja demográfica sin precedentes: tras décadas de aplicar una estricta política del hijo único, ahora lucha por revertir el fuerte descenso en la tasa de nacimientos, ofreciendo incentivos económicos que no logran cambiar la tendencia. Las autoridades intentan motivar a las familias a tener más hijos mediante subsidios y ayudas directas, pero los resultados han sido limitados y las consecuencias se extienden más allá del plano económico, afectando la estructura social y el futuro político del país.

Durante casi cuarenta años, desde 1979, el gobierno chino impuso una de las políticas de control poblacional más severas del mundo. La política del hijo único castigaba a las familias que la desobedecían con multas elevadas, despidos y estigmatización social. Aunque el objetivo era contener el crecimiento demográfico para facilitar el desarrollo económico, el costo social fue alto: se generaron desequilibrios de género, un envejecimiento poblacional acelerado y una generación marcada por la presión estatal.

En 2016, China permitió tener dos hijos, y en 2021 amplió el límite a tres. Sin embargo, el número de nacimientos continúa descendiendo. En 2024, se registraron apenas 9,54 millones de nacimientos, la mitad de los registrados en 2016. La población lleva tres años consecutivos reduciéndose, una situación inédita que ya genera alarma entre las autoridades y los expertos en demografía.

Como respuesta, el gobierno central y varias administraciones locales han lanzado planes de subsidios para fomentar la natalidad. A partir de 2025, el plan nacional prevé un apoyo anual de 3.600 yuanes (aproximadamente 503 dólares) por cada niño menor de tres años nacido desde el 1 de enero de ese año. Se estima que más de 20 millones de familias podrían acceder a esta ayuda, que representa el 0,1% del PIB del país.

Además, distintas ciudades han implementado sus propios incentivos. Por ejemplo, en Hohhot (Mongolia Interior), se ofrecen 10.000 yuanes por el primer hijo y la misma suma cada año por cada hijo adicional hasta los 10 años. En Lüliang (Shanxi), se entregan hasta 8.000 yuanes por el tercer hijo, mientras que en Hefei los pagos alcanzan los 2.000 yuanes por el segundo hijo y 5.000 por el tercero.

No obstante, muchos expertos consideran que estas medidas son insuficientes. El alto costo de vida en las grandes ciudades chinas, especialmente en rubros como vivienda, educación y salud, hace que las ayudas estatales sean simbólicas frente a los verdaderos desafíos económicos de criar hijos. A esto se suma la precariedad laboral y la falta de apoyo estructural a las madres trabajadoras, lo que refuerza la decisión de muchas parejas jóvenes de no formar familias numerosas.

Otra crítica frecuente es que muchos de los subsidios actuales no contemplan al primer hijo, lo que limita su impacto real sobre la tasa global de natalidad. La economista Michelle Lam señaló que, aunque la inversión es pequeña, “representa un cambio de mentalidad y abre la puerta a políticas más ambiciosas en el futuro”.

China retira los aranceles preferenciales a productos de Taiwán